domingo, 8 de septiembre de 2013

MI PARTO "NATURAL" Y MI PARTO REAL.

Era cierto. ¡Sabemos parir! 
Tal como lo dice el título de la canción de Rosa Zaragoza que se convirtió en mi favorita durante la reciente gestación de mi hija, porque me recordaba la fuerza innata que llevamos dentro y que ninguna sobreadaptación a la vida moderna puede quitarnos.
Todas esas intuiciones que se despertaron después de mi primer parto fueron tomando forma concreta durante mi segundo embarazo. 

Tenía que haber una mejor forma de traer al mundo a nuestr@s niñ@s. Una más natural y al alcance de todas las Madres. 
La que la evolución de nuestra especie diseñó y pulió durante tantos milenios no podía ser tan "peligrosa y terrible" como nos hemos estado diciendo en los últimos siglos.

Comencé mi búsqueda de esta mejor forma de parir, como tantas otras mujeres, luego de la desilusión que me provocó el seguro y medicalizado parto donde di a luz a mi hijo Simón, hace ya casi 5 años.
Ese parto fue muy bueno, de acuerdo al país donde ocurrió, Chile y sus prácticas médicas occidentales absolutamente halópatas y profesionalizadas (y muy segregadas, de acuerdo a la condición económica de la madre, pero ese es un tema que da para otro post).
Casi llegué a convencerme que merecía las felicitaciones de los médicos y que había tenido un perfecto parto "natural", que en países como Chile equivale a "sin cesárea".

Pero mi parto tuvo muy poco de "natural".

Después de casi dos días de padecer contracciones irregulares que eran ineficaces para dilatar mi cuello uterino, presa del miedo y la inexperiencia, fui ingresada finalmente al Hospital que había elegido, estuve rodeada en todo momento por un muy buen "equipo médico", que incluía todos los especialistas del área, que entraban y salían frecuentemente de la sala de pre-parto controlando mis procesos corporales con muchas máquinas y tecnología.
Eso da confianza a las inexpertas madres primerizas, por supuesto.
Mi esposo me acompañó en todo el largo proceso, también mi madre pudo estar conmigo un rato, mientras los profesionales "hacían su trabajo" muy eficientemente pero sin brindar una cálida y amorosa compañía, que sugiera paciencia y transmita confianza en la Madre y sus capacidades innatas.

A pesar de todo ese esmerado cuidado médico, yo sentía unas ganas locas de estar en un lugar íntimo y apartado, rodeada de olores y caras familiares, sin tanta "asistencia". Tenía la loca idea que el parto no debía verse como algo riesgoso que requiriera ir a un Hospital.

Por supuesto, mis familiares y amigos me convencieron que en un país como el nuestro parir en casa era una exentricidad hippie, que no está regulada ni legal ni médicamente y que era un riesgo tremendo que yo tratara de hacer algo así en mi primer parto, sin saber como iba a reaccionar mi cuerpo.
Debo decir que estos razonables argumentos pesaron más, pero muy dentro mío me quedé con una sensación triste de no haber confiado en mi intuición.

En el parto de mi primer hijo no hubo una compañía paciente, personalizada y continua, sino una profesional acción médica adecuada al contexto. Cada profesional entraba en la sala de pre-parto a realizar su "parte" de la labor de cuidado hacia mi cuerpo parturiento. Cada uno, una zona distinta de ese cuerpo, evaluando, recomendando acciones y luego salían de la sala. 

Así, las horas pasaban y mi cuello uterino, ajeno a todos estos desconocidos, seguía sin conectarse con la labor encomendada. Presa del miedo los músculos no se dilataban. En esa época no sabía que este era un esfínter más, que sólo logra dilatarse cuando existe la intimidad suficiente y que al igual que los otros esfínteres, si es "interrumpido" continuamente por la presencia de extraños no podrá relajarse y expulsar nada.
Mientras tanto, cada 8 minutos venía otra dolorosa pero corta e ineficiente contracción y mi cuerpo comenzó a agotarse.
La solución para este "problema médico" fue la clásica en los partos hospitalarios de mi país. Medicamentos que ayuden a completar el trabajo y he aquí el cóctel más moderno a disposición de estas inexpertas madres:

1- Oxitocina sintética inyectable. Esto porque el cuerpo no está secretando la cantidad suficiente de esta hormona para dilatar el cuello uterino. El cuerpo no la secreta porque el pánico lo impide.


2- Para paliar el efecto acelerador antinatural del medicamento anterior (todo el dolor viene junto porque no hay progresión, sino que la dilatación es repentina y el cuerpo no la asimila lentamente), viene otra maravilla de la moderna medicina obstétrica: la Epidural. Inyección que contiene la droga más usada para paliar el dolor en los partos, que la mayoría de las mujeres modernas está convencida que es indispensable para no desfallecer en esta insoportable agonía. 

Esta mágica poción tiene muchos y bien documentados efectos adversos para el bebé, al igual que el uso de oxitocina sintética, pero es mejor para las mujeres ignorarlos o desacreditarlos, a fin de hacer frente al terror de los "riesgos" del parto. 
Yo contaba con esta información ya en esa época y traté de soportar todo lo posible e dolor para no necesitarla, pero fue imposible. Mi cuello uterino pasó en unos breves minutos de dilatación de 2 cm. a 8 cm. Literalmente, mi hijo cayó por una montaña rusa y así lo sentí.
Cuando apareció el anestesista, se me figuró como un ángel con jeringa y casi ni me di cuenta de la incomodidad de la postura para que esa aguja penetrara en mi columna e hiciera su "trabajo" de adormecerme por completo de la cintura hacia abajo. 
Así, con esa sensación de adormecimiento, sentía movimientos pero como cuando tocas tu boca después de haber ido al dentista y recibir una inyección anestésica en tus encías.

3- ¡Perfecto! Ahora esta drogada y aliviada madre puede entrar en su labor de parto tranquila y eficazmente ¿?

¡Cómo diablos, en este estado de atontamiento de los sentidos, va una a conectarse con la cadencia del dolor y a descubrir cómo y cuando pujar!
El cerebro oye y trata de procesar las órdenes médicas de "Ahora puja, ahora respira", pero el cuerpo está dormido y yace encima de una camilla en la posición más incómoda que se haya concebido para expulsar un@ niñ@ del cuerpo materno. 
Esta postura, que hoy nos parece tan normal, no es la que nos corresponde naturalmente ni la que se usó por milenios, a fin de aprovechar la gravedad en favor de nuestras estrechas caderas y los grandes cráneos de los bebés humanos. 
Obligarnos a tumbarnos sólo tiene por finalidad facilitar la tarea de quien asiste el parto, por eso, desde que se extendió la medicalización de éste, proliferó esta postura hasta convertirse en la única aceptada en muchos países.

4- Por supuesto que en este lamentable estado de adormecimiento y en una posición antinatural, muy pocas mujeres, por más sano y atlético que esté su cuerpo, pueden completar por sí mismas y exitosamente la tarea. Ahí llega entonces, al rescate, otro maravilloso instrumento diseñado para "asistir" a las madres: El fórceps.

Con este artilugio los médicos ayudan a la incapaz mujer a sacar la cabeza y luego el cuerpo del bebé, que ella debió haber pujado al exterior sólo con la acción de sus propias hormonas y las contracciones de su útero. Por supuesto que para introducir el accesorio deben realizar una pequeña incisión en el perineo, que requerirá puntos y una incómoda cicatrización. La episiotomía.

Siempre me sorprendió la fuerza del instinto de mi hijo, quien a pesar de todo este medicalizado parto no vio afectada su vitalidad y comenzó a mamar inmediatamente después de ser "higienizado" por el personal del Hospital y mientras esperábamos que nos condujeran a nuestra habitación. 


Después de esta experiencia, por años tuve la sensación que pude haberlo hecho mejor si tan sólo el entorno hubiese sido más propicio y me sentí en la obligación de buscar la forma de experimentar la realidad si alguna vez tenía otr@ hij@.Esa oportunidad llegó el 17 de agosto de este año, a las 2:01 de la madrugada, en la "Frauenklinik" del Hospital Universitario de la ciudad de Basel, Suiza.

El día anterior había sido agotador, después de una noche entera de las ya conocidas contracciones cada 10 minutos, pero demasiado cortas para conducir a una rápida dilatación del cérvix.
Esta vez no tenía miedo ni stress laboral como en el primer embarazo y esta bebita era un deseo largamente anhelado por la familia entera, incluido su hermano mayor.
Hasta el día anterior realicé cada una de mis actividades normales, que incluían jugar en el parque por la tarde con  mi hijo. Me sentía estupendamente bien, no había subido mucho de peso y  mi cuerpo no parecía tener 5 años más.
Me desilusionó un poco no poder avanzar más rápido o eficientemente con mi trabajo de parto. Me había estado preparando largamente para ello. Meditando, aprendiendo a respirar correctamente, cantando incluso (método Leboyer).
El día 16 fui dos veces al Hospital, en la mañana y en la tarde y tuve que volver a casa, pues mi cuello uterino aún demoraría mucho en dilatarse lo suficiente para ingresar al Hospital y comenzar el trabajo de parto.
Pero mientras volvía a casa la última vez intuí que no pasaría mucho tiempo y debería volver al Hospital. A las 10 de la noche comenzaron las verdaderas y dolorosas contracciones cada 5 o 7 minutos, que me dejaban arrodillada en el suelo, que era la única posición en que podía soportarlas y concentrarme en la respiración. No pude pararme en dos horas, mientras mi hijo dormía y mi esposo sufría  a mi lado.
A las 12 de la noche fuimos otra vez al Hospital, pasando antes a dejar a nuestro dormido hijo a casa de su mejor amigo, a escasos metros de la nuestra.

Pasadas las 12 de la noche, comenzando el día 17 de agosto, me encontré por fin en una de las cómodas salas de partos del Hospital. La "Hebamme" (Matrona, Midwife) de turno era perfecta para esa agitada noche, dueña de una sonrisa plácida y de una dulzura que transmitía paz. Me dejé conducir por ella, sin poder hablar demasiado a causa del dolor, pero sintiendo que estaba en buenas manos.

El sistema suizo de atención a la maternidad privilegia la comodidad de la madre y la intimidad es muy importante. En el parto sólo está presente el personal médico indispensable, que se reduce a una Hebamme y una enfermera, si es necesario acude un/a Obstetra para realizar procedimientos como cesáreas u otras intervenciones quirúrgicas.
De lo contrario sólo una mujer es la compañía constante de la madre. Una mujer que está extraordinariamente preparada para relajar y brindar confianza a la madre.
En este caso, Simone (quien me asistió esa noche) tenía una mezcla perfecta de profesionalismo médico y calidez de "doula".
Ella privilegió mi comodidad y deseos todo el tiempo. Cuando dije que no podía moverme del suelo, porque  estar en la cama recostada para que me revisaran era muy doloroso, este deseo fue respetado. El instrumental fue entonces colocado a ras de suelo, yo sobre una enorme colchoneta redonda y ella pudo trabajar de todas formas. 
No pudimos preparar la bañera como yo había deseado y estaba escrito en mi ficha médica. La bañera estaba en la misma sala pero yo no podía pararme, sólo arrodillada mi cuerpo hacía frente y se concentraba en seguir el ritmo del dolor.

Comenzamos todo el proceso con 3 cm. de dilatación y en dos horas había nacido mi pequeña hija de 2,500 Kg.

Sin  "ayuda" de droga alguna, mi cérvix se abrió como debía, sin romperse ni necesitar ninguna sutura posterior. 
Sólo sostuve la mano de mi fiel compañero en cada contracción y hasta que comencé a pujar como nunca lo había hecho en mi vida. Cuando expulsé el líquido amniótico supe que recién estaba comenzando todo y que el dolor más fuerte aún me aguardaba.
Comencé a pujar cuando me lo pedían, tratando de concentrarme en seguir respirando eficientemente hasta que llegó un momento en que sentí que las fuerzas de todo mi cuerpo me abandonaban y que era imposible completar esta tarea tan ardua. Fue allí cuando las voces a mi alrededor comenzaron a hacerse menos audibles, sólo permanecían fuertes las palabras en español pronunciadas por mi marido.
Ya no pude decir ni pedir nada más en ningún idioma que no fuera mi lengua materna y comencé a invocar ayuda fuera de esa sala. Invoqué a todas las madres de mi familia, que parieron niños y niñas saludables sin asistencia médica por generaciones y hasta hace muy poco. Mi madre no nació en un Hospital, sino en pleno Chaco argentino, con ayuda de alguna partera alemana (probablemente su misma abuela materna) y/o alguna matrona  indígena de la zona.
Luego pensé en mi abuela paterna, quien seguro desde donde esté su espíritu descansando ahora, vino a socorrerme como lo hizo durante toda mi vida.
Y las abuelas de la familia de Martin y las de la familia de la Hebamme que me atendía, y así sucesivamente, formando una cadena interminable de úteros latiendo al unísono para ayudarme a dar a luz a mi Noemí.
Cuando llegó el momento de que la cabeza de mi bebé "coronara" sólo podía emitir gritos desgarrados y guturales. Nunca en mi vida me había permitido gritar así, ni siquiera sabía que podía hacerlo. 
Luego que salió la cabeza de mi hija al exterior y mi esposo gritara: Lo lograste! Ya veo su cabeza! pensé que me desmayaría, que ya no resistiría otro dolor igual. Una mezcla de ardor quemante y separación del cuerpo. Indescriptible. Es lo más cerca que me he sentido de la muerte y de la vida, al mismo tiempo.
En ese momento mi espíritu estaba en una alta montaña, rodeada por este círculo de madres y yo sola en el centro, trayendo al mundo a otra más.
Vino una pausa y pensé que jamás podría volver a pujar; aún no sé como logré juntar el  aire y la fuerza suficiente para pujar nuevamente y expulsar el cuerpo completo de mi niña.
Allí escuché su pequeño llanto, que se detuvo de inmediato porque la tomé y puse contra mi pecho. 

Un rato después Martin cortó el cordón umbilical que aún nos unía y reposamos por fin abrazadas en una cama, mientras ella instintivamente comenzaba a mamar, de la misma segura y  ávida forma en que lo hizo su hermano después de nacer.
Poco tiempo después alumbré la placenta que nutrió a mi bebé todo el embarazo. Era hermosa, con forma de corazón. La Matrona me la mostró sorprendida por su belleza y pedí que la guardaran. Hoy nutre un precioso árbol que hemos plantado para Noemí, luego de enterrar su placenta en una pequeña ceremonia familiar.


Así, parí a mi hija de la forma más "primitiva" que un parto hospitalario occidental permite y sintiéndome en todo momento respetada, acompañada y no dirigida ni mucho menos violentada. 
Todo el poder instintivo que nuestro cuerpo posee fue dejado en libertad de acción y pudo expresarse y conducirme por mi propio camino.
No evadí el dolor, me sumergí y nadé con todas las fuerzas a través de él. 
Esa fue mi elección y mi forma de sentir de verdad la vida.
Parí con un dolor no agresivo sino natural, por eso mi cuerpo inmediatamente liberó las sustancias necesarias para contrarrestarlo y mi recuperación me pareció mágica.
Al mediodía pude levantarme sin ayuda de la cama e ir al baño sin sentir ninguno de los dolores terribles que recordaba del parto anterior, derivados de las incisiones y suturas de la desagradable episiotomía. Sólo algo de irritación y dolor pelviano no mayor al de una larga excursión en bicicleta o cabalgando. 
Me duché tranquila y jamás se me inyectó medicamento alguno. De las dosis de analgésicos que dejaron para que las consumiera a ciertas horas si sentía dolor, sólo tomé el 20% y para calmar las molestias del inicio de la lactancia.
Permanecí los cuatro días de rigor en el Hospital, para que controlaran mi estado de salud y el de mi bebé, pero podría haber salido al día siguiente. En tres días ya quería llegar a mi casa a organizar todo y dormir en mi cama.
Nada más alejado del recuerdo de la estancia en el Hospital en mi parto anterior, con ardor incesante, dificultad para caminar e ir al baño y arrastrando por más de dos días el dispensador de calmante, conectado a la vena de mi brazo.
Esta vez sólo me dediqué a descansar, disfrutar a mi pequeña y ayudar a la primeriza madre que fue mi compañera de habitación y cuya recuperación era de lo más dolorosa, producto de una cesárea de emergencia. Ella recibió apoyo y consejería extra por ser primeriza y tener una recuperación compleja. 
Eso también me sorprendió gratamente. Ya contaré más acerca de este maravilloso sistema de atención a la Maternidad suizo, que incluye varias prestaciones posteriores al Parto, como visitas de Matrona a domicilio, asesoría de lactancia, consejería para Padres en los centros familiares de cada barrio y otras maravillas.

Por ahora, sólo agradezco la oportunidad de haber reivindicado mi capacidad de parir por mí misma, sin imposiciones de un sistema médico retrógrado y patriarcal, sin miedos infundados y sobre todo, con respeto y en la intimidad que toda mujer se merece.
Mi hijo y yo logramos sobreponernos a la agridulce experiencia de nuestro parto, a fuerza de instinto, de ignorar varias "recomendaciones de expertos" y por la conexión espiritual profunda que siempre nos unió.
Mi hija es más afortunada, no deberá sobreponerse a nada, sólo seguir el curso natural de una bienvenida no violenta a este Mundo. Su mirada tranquila me confirma que así será.


RUMBA DE LAS MADRES, ROSA ZARAGOZA

SABEMOS PARIR, ROSA ZARAGOZA

¿Qué le ocurre a los bebés que nacen por cesárea?

APOYO A LA MADRE Y LOS RESULTADOS DE LOS PARTOS.

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